Domingo, 17 de marzo de 2013. Dentro de la convulsa inercia social estadounidense de los años 60´s y 70´s, la presencia profesional de Louis Kahn (Isole, Estonia, 1901 - Pensilvania, Estados Unidos, 1975) supone un genuino interés en alejarse o mediar con el voraz paisaje urbano norteamericano.
Judío de origen estonio y sólida formación académica, Louis Kahn concibió la arquitectura desde los significantes sociales e históricos más trascendentes de la institución humana. Estudioso apasionado de los esquemas de convivencia de civilizaciones pasadas como la hebrea, la grecolatina, la medieval, la renacentista, Kahn situó la historia como herramienta proyectual sustancial, ofreciendo implícitamente una postura crítica frente al Movimiento Moderno y procurando reconciliar valores humanos que consideraba profundos y persistentes.
Estos esquemas de funcionamiento y su significación los trabajó bajo el riguroso contrapunto de la abstracción compositiva y el dominio de medios tecnológico-constructivos modernos. Aunque muchos de estos recursos eran empleados en la construcción norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, Kahn —como señaló Philip Johnson— los dignificó, llevándolos al límite de sus capacidades físicas y expresivas.
Su obra se orientó deliberadamente hacia la referencia de esquemas físicos y operativos altamente "civilizados", reivindicando la noción de institución humana y la confianza en que la arquitectura podía trasladar a mejores posiciones una sociedad incapaz de alcanzar satisfacción, identidad o trascendencia.
El 17 de marzo de 1974, Louis Kahn murió solo de un paro cardíaco en el baño de una estación de metro en Pensilvania, sin asistencia médica. El contraste entre su visión de la arquitectura como espacio de dignidad colectiva y las circunstancias de su muerte revela una de las paradojas más descarnadas de la condición del arquitecto moderno.

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